 |
 |
|
Fui a un casting en una ciudad improbable. Fui en autobús. Un trayecto lo bastante largo como para replantearme la vida un par de veces y lo bastante corto como para no llegar a ninguna conclusión.
El barrio al que debía dirigirme parecía diseñado por un urbanista con migraña. Escaleras a ninguna parte, plazuelas ilusorias, subidas sin motivo, bajadas con sospecha. Y entonces, la visión: una especie de búnker mastodóntico coronado por una casita con tejado a dos aguas, vegetación feroz y ventanas inquietantes. Todo perfectamente imposible, entre el thriller y el género fantástico.
“David Lynch que estás en los cielos”, recé. “El mundo es extraño por fuera y salvaje por dentro. O al revés. O las dos cosas a la vez, que para el caso es lo mismo”.
Llovía con una insistencia que rozaba la mala educación. En el casting pedían al mismo tiempo naturalidad y un perfil singular. Sin saber muy bien qué significaba tal cosa, improvisé y tiré de imaginación para intentar sentirme como la casa encaramada. Me encomendé sin método a la Santísima Trinidad —Chekhov, Stanislavski, Strasberg— y adelante. “Ya te llamaremos”, dijeron. Lo justo para que el día siguiera siendo raro.
Elene Ortega Gallarzagoitia © elkarma.eus |
Pincha aquí para descargarte el PDF de EL KARMA 236
Pincha aquí para ir a otras columnas de Elene Ortega Gallarzagoitia
Pincha aquí para ir a las columnas de los colaboradores más buscados