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Hago propósitos de año nuevo porque queda mejor que reconocer que necesito vacaciones de mi propia cabeza. Este 2026 me cuidaré más, sí. Lo juro mientras ceno las sobras de mi hijo y fantaseo con un café con cafeína que no sea ciencia ficción ni se enfríe antes de poder beberlo.
Me organizaré mejor. El drama no es hacer continuamente la labor de tres personas, sino que no sé usar Google Calendar como un adulto funcional.
Enteramente mi culpa. Prometo paciencia. ¿Para qué gritar? ¡Si puedo repetir mil novecientas noventa y nueve veces lo mismo sin que nadie se entere y aquí no pasa absolutamente nada!
Me regalaré tiempo. Cinco minutos. A solas. Sin humanos. Spa emocional de mercadillo. Tampoco me compararé con vidas de Instagram que viven en modo zen, hornean pan de unicornio, facturan desde Bali y no conocen el concepto “ojeras”.
Somos la generación más productiva y, por algún motivo, siempre la cagamos. Pero hacemos lo que podemos. Con dignidad variable. Pero con intención. Intención, toda.
Así que mi propósito de año es reírme. De mí. De ellos. De este circo. Porque si dejo de reírme, igual soy todavía más sincera. Y ahora mismo, créeme, no conviene.
Maite Ortiz de Mendívil © elkarma.eus |
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