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Las ex chicas fiesteras somos las mejores madres. No es nostalgia. Es puro entrenamiento militar. Somos armas biológicas con tetas, ojeras nucleares y un currículum de guerra que haría palidecer a cualquiera.
Botellones con disolvente industrial. Minifaldas porque solo sentíamos frío en los brazos. Tacones que se rendían antes que nosotras y amaneceres oliendo a tabaco rancio, kebab dudoso y recuerdos borrosos de los que nadie hablaba después. Ahí se templó el puto titanio.
Así que cuando el crío despierta a las 3:47 porque “el dinosaurio está triste” o se muere de sed… ¡Por favor! Eso no es crisis existencial. Es Candy Crush de la vida real.
Los niños creen que nos están destrozando la paciencia. ¡Qué tiernos! Están tratando de negociar con veteranas de suelos pegajosos, reguetón a las cuatro de la mañana y resacas apocalípticas. Comparado con ciertas decisiones presidenciales recientes, un niño de cuatro años en plena pataleta es un diplomático de la ONU nivel experto.
Porque nosotras ya hemos visto cosas peores. La maternidad no es una batalla. Es el recreo entre guerras. Y seguimos aquí. Sin despeinarnos. Con cara de “sigue intentándolo, campeón”.
Maite Ortiz de Mendívil © elkarma.eus |
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