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No es fácil la tarea de la prensa de hacer que sus lectores contemporicen al mismo tiempo con la tradición sociocultural que les precede y con el nuevo universo de convenciones, costumbres, hábitos y sensibilidades que el futuro ha acabado trayendo a nuestro presente. Lo que es debe combinar con lo que fue y con lo que será. Pero, como ya se ha comentado en más ocasiones, una adopción demasiado apresurada y poco reflexiva de las nuevas tendencias puede conducirnos irremediablemente a la anomia, la barahúnda moral, el caos ético y la esquizofrenia social. Los cambios rápidos y mal asentados sobre los engranajes de la tradición provocan que los cigüeñales de la convivencia se gripen sin remedio. Por eso los periódicos nos sujetan con brazo firme mientras montamos la bicicleta de la evolución social, antes de permitirnos quitarle los ruedines de las viejas rutinas. Acostumbrarnos a los nuevos desmanes debe hacerse de tal forma que nos recuerden a los antiguos. Pero con delicadeza. Sin sobresaltos. De manera sutil. Alarmando sin asustar. Confrontando sin, de momento, enfrentar. Como cuando deben tratar el tema de la otredad. Del nosotros y el ellos. Porque, si bien nosotros seguimos siendo los mismos, los ellos van cambiando. Y es complicado adaptarse sin una guía amiga. Así, la web del diario El Correo titulaba una información el pasado miércoles 10 de junio “Graves disturbios en Belfast tras apuñalar un sudanés a un hombre en plena calle”.
La cabecera del grupo Vocento se toma la libertad de deshumanizar al señor sudanés por un mero ejercicio pedagógico, ya que entiende que el lector, animal de costumbres, dicho esto para bien, pueda leer Belfast y sentirse perdido en un bucle temporal en el que la violencia aún no ha desaparecido, los Acuerdos de Viernes Santo nunca sucedieron y a ti te encontré en el río. Y nada más lejos. Con una sagaz maniobra se da a entender al lector que lo de antes pasaba entre seres humanos que se mataban entre sí pero desde la altura moral, el eurocentrismo y al amparo de la luz de la Ilustración, mientras que lo de ahora es un agredir foráneo, bárbaro e incivilizado. Nuevos usos. Nuevas costumbres. La edición en papel del periódico del mismo día, página 29, se dirige a un lector más suspicaz, menos de aluvión que el cibernauta oportunista, y ya matiza “un sudanés a otro hombre”.
El Correo sabe que el mundo es nuevo, pero el usuario se siente cómodo en sus rutinas cuando hojea sus páginas, físicas o digitales. Y busca la familiaridad. Por eso, una vez advertido de las nuevas derivas históricas, debe alimentársele con los mismos nutrientes. Si ya no hay violencia política o religiosa es menester bombardearle, desde el respeto, con la racial, la de género o la de orientación sexual, siempre abundante. Porque el terror por el precio de la vivienda, la corrupción institucional o el estado de la sanidad pública carece del poder catártico del homicidio ajeno. Un poco como pasó cuando en 1997 desapareció el semanario El Caso y en 2011 dejó de matar ETA. Y ahí tuvimos, siempre confiable, una vez más, a El Correo. Contemporizando.
Héctor Sánchez © elkarma.eus |